Ahir a la nit vaig tenir l’honor d’intervenir en l’acte de lliurament del premi de la Concòrdia de la Fundació Abril Martorell a l’alt representant de la Unió Europea Javier Solana. La fundació va elegir-me i em va confiar la glosa del premiat. Sense que serveixi de precedent - i que ningú es pensi que en el futur us vull atabalar amb els meus discursos- sí em permeto publicar-la en aquest blog perquè crec que poden tenir algun interès les paraules que ahir vaig pronunciar abans de lliurar el premi de la Concòrdia a Javier Solana.
Entrega del Premio a la Concordia de la Fundación Fernando Abril Martorell 2007 a D. Javier Solana de Madariaga
Madrid, 10 de abril de 2008
Sesenta años atrás, cualquier idea de una Europa unida, sin fronteras interiores, con instituciones comunes y con una misma moneda en todos los bolsillos hubiese parecido poco menos que el delirio de un loco demente. Entre las ruinas de Alemania, de Francia, de la Gran Bretaña, de Polonia… hablar de una Europa unida hubiese parecido una cuestión de mal gusto.
Sin embargo, un grupo de personas que no entendían la política como un simple día a día, sino como la oportunidad de hacer grandes cosas, empezó a hablar de Europa, de una sociedad común que se iría construyendo paso a paso, hasta conseguir que no fuese posible, como mínimo entre las naciones de la vieja Europa, una tercera guerra mundial.
Cuando hablamos de De Gasperi, Schuman, Adenauer, Spaak… parece como si recitásemos la parte sustancial del santoral europeo. No existe ninguna duda que sesenta años atrás, en Europa existían verdaderos estadistas, personas del máximo nivel humano, intelectual, humanista y político, capaces de anticiparse a su tiempo; personas llamadas a empujar la historia y no a dejarse empujar por ella.
Como cualquier santoral, la evocación de tales grandes constructores de Europa parece cosa del pasado. Parece, a veces, que los santos son figuras del pasado, y que hoy día ya no existen. Con Europa ocurre algo similar: parecería que los grandes líderes, las figuras históricas, surgieron de una vez, de una sola vez y por generación espontánea. Y ello parece ser así hasta que reparamos en algunas personas como Javier Solana, receptor hoy del prestigioso premio a la Concordia de la Fundación Fernando Abril Martorell.
Hablaba de santos, pero no se trata de caer en la hagiografía. Javier Solana no lo necesita. Basta sólo con observar su recorrido vital para que amigos y enemigos, si los tuviere, sepan que nos hallamos ante una figura histórica excepcional. No hace falta insistir en lo que ya es sabido: físico de formación, catedrático con apenas treinta años, militante socialista de la clandestinidad, activo de la transición, ministro perpetuo en todos los gobiernos de Felipe González, y alguien capaz de llegar a secretario general de la OTAN después del famoso “de entrada, no”, y pese a no formar parte de un país que no pertenecía a su estructura militar. Literalmente, sorprendente.
Sin embargo, ahora y aquí, quisiera limitarme a destacar tres cuestiones:
Europa es un gran proyecto
El propio Javier Solana ha definido Europa como “una minoría en un mundo inmenso”. Hemos hablado una y otra vez de la “Europa de los mercaderes”, y hemos insistido en la necesidad de integrarnos y unirnos en lo económico. Pero también Europa ha de profundizar en su unidad política y, cómo no, en su proyección exterior. Este es un reto fundamental para nuestra sociedad y éste ha sido desde siempre el proyecto de Javier Solana.
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